¿Que quieres tomar?

Lo primero, me importa un bledo quien seas. A mis ciento setenta años he recorrido suficiente mundo como para ser ahora hombro en el que llorar las penas.
Lo que quiero es ver tu alma. Este bar se alimenta de ellas. Y no veas como zampa. Abre aquí la tuya y enseña lo que tienes tan adentro que no puedes mostrarlo por ahí.

Prometo no comerte hasta que termines.

martes, 28 de junio de 2016

Pared de ladrillo verde

-Cariño...¿Te estas tomando la medicación? La doctora ya te advirtió de lo importantes que eran las recaídas.
-Yo... ¿Quién soy yo, mamá?
Mi madre soltó un sollozó. Fue lo último que escuché de ella antes de que Laila me arrebatara el aparato.
Su ternura me conquistó embrujandome de nuevo. Acarició mi mejilla con la suya, y el suave roce de su piel me hizo estremecer.
De lejos aún escuchaba el murmullo de alguien familiar que parloteaba sin parar cosas sin sentido. Mi Lai terminó con aquello con sólo presionar un botón.
-Recuerdas anoche. Fuimos ángeles sobre el suelo.
Un escalofrío recorrió mi columna vertebral cuando sorbió mi cuello con su lengua. Escupió mi pelo de manera traviesa provocandome una sonrisa y venciendo toda defensa por mi parte. Me dejé llevar contra la encimera de criptonita y desde atras aferró mis dos conos de helado bajo la camisa, que se derritieron entre sus dedos. 
Continuamos así el ritual que comenzaron anoche mis lágrimas. Ritual de apareamiento. Boca con boca, labio sorbiendo labio. Pijama abajo y piernas abiertas. Toda una coreografía estudiada y caliente como el fuego que me quemaba por dentro.
Laila apretó su cuerpo contra el mío. Lo frotó con fuerza tras de mí, formando las dos una "LL" invertida.
-Si fuera un hombre te follaría -Susurró a mi oído mordisqueado.
-"Y yo si fuera hielo estaría derretida" -pensé dejandola maniobrar a su gusto, y al mío. Necesitaba eso. La necesitaba dentro, fusionándose a mí, como un cargador de un móvil años apagado. Y el erotismo era mucho. La pasión derramaba nuestros fluidos pegandonos los dedos en nuestro particular juego.
Pero... algo no cuadraba.
Lo intenté de todas las maneras, arqueé mi espalda permitiendo que mi cuerpo fuera un túnel con curvas y sólo una entrada. Pero nada.
La prosa no acudía. La poesía rehuía los pasos de mi aliada.
-Dejalo. No puedo -Confesé a la nada-.
No habia nadie allí. De nadie estaba el apartamento a rebosar. Y fue la vez primera desde que entre a vivir en la residencia que sentí pena. Mucha pena por mí.  Y la pena se volvió rabia, ira y rabia contenida mucho tiempo y a punto de estallar.