¿Que quieres tomar?

Lo primero, me importa un bledo quien seas. A mis ciento setenta años he recorrido suficiente mundo como para ser ahora hombro en el que llorar las penas.
Lo que quiero es ver tu alma. Este bar se alimenta de ellas. Y no veas como zampa. Abre aquí la tuya y enseña lo que tienes tan adentro que no puedes mostrarlo por ahí.

Prometo no comerte hasta que termines.

martes, 5 de julio de 2016

No es importante

No es importante
Que me levanté sobresaltada esperando encontrar perdida tu llamada. Algún mensaje que me hable de ti.
Que tu presencia en la otra parte del mundo me agonice, me enturbie el pensamiento.
No es importante.
No lo es que acelere cualquier tarea, y la multiplique por mil, esperando encontrar alguna muestra casual de tu aprecio.
No es importante.
Tampoco lo es que no viva y me muera por encontrar tu rastro entre la gente del parque. Porque sonría a tu recuerdo. A un tenue rastro de algún olor que nos acerque .
No lo es.
No es importante, porque a fuerza de múltiples"tus", he conseguido dividir mi "yo" por cero.
Y, repito, no es importante.
Y no lo es porque para ti no lo es.
Porque para ti, en los días importantes no hay ni rastro de mi.
Porque para ti se han borrado muchas cosas importantes para mí. Y ya no recuerdas pequeños gestos, guiños y los abrazos fugaces que nos dábamos cuando nadie miraba.
Para ti, no es importante que no me recuerdes.
Y no lo es porque nunca lo fue .

martes, 28 de junio de 2016

Pared de ladrillo verde

-Cariño...¿Te estas tomando la medicación? La doctora ya te advirtió de lo importantes que eran las recaídas.
-Yo... ¿Quién soy yo, mamá?
Mi madre soltó un sollozó. Fue lo último que escuché de ella antes de que Laila me arrebatara el aparato.
Su ternura me conquistó embrujandome de nuevo. Acarició mi mejilla con la suya, y el suave roce de su piel me hizo estremecer.
De lejos aún escuchaba el murmullo de alguien familiar que parloteaba sin parar cosas sin sentido. Mi Lai terminó con aquello con sólo presionar un botón.
-Recuerdas anoche. Fuimos ángeles sobre el suelo.
Un escalofrío recorrió mi columna vertebral cuando sorbió mi cuello con su lengua. Escupió mi pelo de manera traviesa provocandome una sonrisa y venciendo toda defensa por mi parte. Me dejé llevar contra la encimera de criptonita y desde atras aferró mis dos conos de helado bajo la camisa, que se derritieron entre sus dedos. 
Continuamos así el ritual que comenzaron anoche mis lágrimas. Ritual de apareamiento. Boca con boca, labio sorbiendo labio. Pijama abajo y piernas abiertas. Toda una coreografía estudiada y caliente como el fuego que me quemaba por dentro.
Laila apretó su cuerpo contra el mío. Lo frotó con fuerza tras de mí, formando las dos una "LL" invertida.
-Si fuera un hombre te follaría -Susurró a mi oído mordisqueado.
-"Y yo si fuera hielo estaría derretida" -pensé dejandola maniobrar a su gusto, y al mío. Necesitaba eso. La necesitaba dentro, fusionándose a mí, como un cargador de un móvil años apagado. Y el erotismo era mucho. La pasión derramaba nuestros fluidos pegandonos los dedos en nuestro particular juego.
Pero... algo no cuadraba.
Lo intenté de todas las maneras, arqueé mi espalda permitiendo que mi cuerpo fuera un túnel con curvas y sólo una entrada. Pero nada.
La prosa no acudía. La poesía rehuía los pasos de mi aliada.
-Dejalo. No puedo -Confesé a la nada-.
No habia nadie allí. De nadie estaba el apartamento a rebosar. Y fue la vez primera desde que entre a vivir en la residencia que sentí pena. Mucha pena por mí.  Y la pena se volvió rabia, ira y rabia contenida mucho tiempo y a punto de estallar.

domingo, 22 de junio de 2014

Un cuento de hadas




Yo he visto cosas que nunca podrías imaginar…
¿No me crees?
Piensa un poco. Remóntate a tu niñez y viaja con tus recuerdos hasta esos tiempos felices y sin preocupaciones. Una época dorada en la vida de todos los hombres en la que nos vamos creando por dentro hasta alcanzar a ser ese espíritu libre que todos ansiamos ser.
¿Cómo?
¿No eres un espíritu libre? ¿Las penas te angustian y no ves la salida por mucho que la busques?
¡Yo no tengo la culpa!
No hay que buscar culpables cuando nos embarga la pena, sino luchar para salir de ella.
Mírame a mí. Yo era como tú. Pero fui evolucionando, creciendo y haciéndome adulta. Cierto es que los problemas crecen a la par que nosotros. Pero ahí está nuestro espíritu forjado por la educación que vamos recibiendo. Preparado para hacer frente a cualquier contratiempo que nos ocasione la vida.
No. No insultes a la vida. Te repito que no hay que buscar culpables.
Debes ser fuerte. Has venido aquí desde alguna parte del universo, y yo te ayudaré. No dudes que pondré todo mi empeño en hacerlo, ya que fui educada para eso.


¿Aún no sabes quién soy?
Perdona mi sonrisa, pero no puedo evitarla.
Tú me conoces bien. Te has topado conmigo en infinitas ocasiones. En el hospital; cuando fuiste a clase; Incluso el otro día, cuando saliste a la calle. Yo siempre he deseado acercarme a ti. Incluso un día rozamos nuestras manos, y ese fue el mejor regalo que podrías haberme hecho.
¿No recuerdas a esa niña tímida que se sentaba justo detrás de ti en el colegio?
-“¡Ja,ja,ja…! Vas recordando.”
No sabes lo que me alegro. He logrado crear un vinculo entre nosotros que espero te mantenga conmigo hasta el final de este relato. Los vínculos son muy importantes. Tú mismo has creado vínculos con las personas de tu entorno. Y por muy insignificantes que parezcan, ahí están, como fuertes lazos que solo el tiempo y el olvido pueden romper.
De ti depende revisar esos lazos para que no se rompan.
Yo misma reviso día a día los miles de lazos que parten de mi espíritu, disgregándose en el horizonte. Unos van más lejos, otros más cerca, pero todos, absolutamente todos están fuertemente unidos a mí. Aunque debo reconocer que a lo largo de mi vida algunos han sido cortados. Bien por el tiempo o por las tijeras de las mujeres de negro. Prefiero no hablar de ellas, ya que sospecho que yo misma las he creado en algún momento de mi vida.
Pero, ahora te voy a contar un cuento. Permanece atento, ya que al final te haré una pregunta. ;)


Erase una vez una princesa que vivía en un castillo junto a su familia. Día tras día se hacía cargo de sus tareas y acudía formalmente a realizar sus estudios. Esa era una buena manera de labrarse un buen futuro en la corte.
Un buen día un joven príncipe llegó al castillo, encandilando a todos con sus trucos y hechizos. La primera en caer bajo sus encantos fue la princesa, que lo dejó todo y decidió marcharse con él a su supuesto reino encantado. Su familia no tomó muy bien aquella iniciativa por parte de su primogénita, pero la ilusión dibujada en su rostro hablaba por ella. Sus padres comprendieron aquella ilusión y la ayudaron en su viaje. Adoptaron al joven extranjero como si de un hijo se tratase, y les ayudaron en todo lo que pudieron para que la marcha no les fuera penosa.
Finalmente emprendieron camino. Juntos, de la mano como cualquier pareja de enamorados. El camino fue largo y lleno de contratiempos, algo que la princesa no esperaba, pero el fuego de su amor guió sus pies y mantuvo a los jóvenes unidos sorteando las piedras que el destino ponía en sus pasos. Juntos atravesaron montañas y valles. Subieron hasta las cumbres de los cielos y bajaron hasta las ciénagas del infierno.
En ese lugar sus manos fueron separándose.
La joven luchó por mantener aferrada la mano de su enamorado, pero la ventisca lo dificultaba todo, incluso poder ver más allá de su nariz.
Esa fue la primera vez que las vio. Una de aquellas ancianas apareció para cortar sus manos con las tijeras roñosas.
Aquello provocó dolor, ira y desesperación. El joven príncipe culpó a la princesa por haberlas invocado, y ahora pienso que no le faltaba razón. Aún así intentó asirla con sus muñones ensangrentados. Intentó una y mil veces empujarla hasta la cima, pero todo fue inútil.
  • Lo siento. Eres un lastre para mí.” – le dijo en un susurro mientras le veía alejarse en el silencio.
Allí quedó, sola y angustiada. Perdida en una tierra extraña y hostil azotada por el viento.
Y de aquellos vientos vinieron tempestades que la arrojaron de nuevo al abismo. Pero eh aquí que descubrió algo sorprendente que desconocía.
La princesa podía volar.
Remontó el vuelo con sus alas y salió de aquel atolladero. Aunque continuaba perdida ahora todo era diferente, ya que podía ver las cosas desde lo alto. Precisamente desde ahí vio venir al ladrón. Era un joven apuesto, gallardo y varonil. Un poco sinvergüenza, pero divertido. A él entregó sus siguientes pasos, que se convirtieron en aventuras sorprendentes al margen de las normas establecidas.
Junto a él aprendió a saltarse las reglas, a dibujar ella misma señales de tráfico, y aprovechar los hombros de la gente para trepar y ver el cielo. Acompañándole comprendió lo ciego que está el ser humano en lo que a soñar se refiere.
Finalmente el ladrón hizo lo que mejor sabía hacer. Le robó el corazón. Por fortuna dejó olvidado un trocito que la joven tenía guardado dentro de un cajón, y gracias a él pudo secarse las lágrimas y continuar.
Tras atravesar una gran ventisca llegó hasta la ciudad de Aghán. En ella pudo conocer a los hombres sin alma, perdidos en sus vidas grises sin sentido ni ilusión. Sólo una persona ejercía allí el poder, y esa era la reina. A ella se dirigió la princesa cuando tuvo constancia de su existencia.
La reina se negó a ayudarla, incluso la condenó a ser quemada viva. Según sus palabras, nadie si no ella debía llevar la iniciativa en Aghán.
Así y no de otra forma fue como la princesa perdió sus alas. Pero la ilusión no se quema, si no que se aviva como el fuego. Así, de esta forma pudo la princesa escapar de aquella trampa, tornarse gris como los habitantes de aquella ciudad y pasar desapercibida. Pasó años así, pero en ningún momento dejó la joven de buscar una salida.
En aquella condena autoimpuesta pudo la princesa conocer al anciano tejedor. También vivía escondido, pero a la vez a la vista de todos. Sus labrados tejidos eran famosos allende los mares, y no había nadie en el mundo que no hubiera oído hablar alguna vez de ellos. Gracias al anciano la princesa aprendió a tejer finos bordados que elevaron su espíritu, haciendo de ella algo parecido a lo que soy ahora.
Los lienzos bordados alegraron las calles de Aghán y mostraron a sus gentes un nuevo mundo de color. Aquello les ayudó a ser conscientes de la monotonía de sus vidas y les guió hasta la salida de la ciudad. Cierto es que algunos prefirieron quedarse allí, ya que sus hondas raíces incluso les resultaban placenteras. Pero la gran mayoría decidieron embalar sus pertenencias y marcharse en busca de un futuro mejor.
La vengativa reina esperó paciente a la princesa. Cuando ésta terminó de tejer, decidió marcharse, pero ahí encontró su final. Un cuchillo entró raudo en su corazón, emponzoñando a la joven, y transformando una parte de su ser en odio y rencor.
El rencor por lo arrebatado.
Aún así su último bordado fue lo que ayudó a la princesa a salir de allí. La alejó lo suficiente como para ponerla a salvo en mitad del océano.
Aquella barca en la mar dio bandazos, chocó con los escollos y amenazó con zozobrar, pero nunca lo hizo. Era consciente del valor que tenía lo que transportaba, y así fue como, a costa de su propia integridad, logró llevarla hasta las costas de su ciudad natal.
Sus padres, ya ancianos, hicieron una gran fiesta en su honor. Su primogénita había vuelto y aquello ya era motivo para meses de celebración.
Pero, aunque estuviera sana y salva de vuelta en casa, la princesa no era feliz. El veneno de la reina había dejado una profunda cicatriz que de vez en cuando transformaba a la joven en oscuridad. Y esa oscuridad reprochó a los ancianos por sus actos. Reprochó a los reyes que la hubieran dejado marchar; que la hubieran abandonado a su suerte en manos extrañas y a expensas de cientos de peligros.
La tristeza se apoderó entonces del corazón de los ancianos, marchitándolos hasta la muerte.
La princesa comprendió demasiado tarde lo que había hecho, y por ello sacó del cajón de su pecho su emponzoñado corazón lanzándolo lejos, muy lejos. De ésta manera logró desembarazarse del odio que no volvió a importunarla nunca más.
Aunque sin corazón poco se puede hacer. Allí quedó la princesa, inmóvil, tendida en la playa a expensas de la marea. Cuando el mar se la llevó solo una cosa quedó en su cabeza: Agradecimiento a todo aquello que la ayudó y la hizo volver sana y salva a su hogar. Al ladrón, que a pesar de todo le abrió puertas; al anciano que hizo lo propio en Aghán; incluso a la barca por llevarla hasta su casa. También recordó a todos los que la perjudicaron, pero no les guardó rencor. De una u otra forma tenían sus razones para comportarse así.
De pronto comenzó a ver de nuevo sus bordados. Se elevaban en la lejanía del cielo realizando complicados dibujos sobre su cabeza. Aquello agradó a la princesa. Fue entonces cuando notó como unos brazos la izaban sobre las olas. Manos invisibles transportaron su cuerpo hasta un puerto cercano y la encumbraron hasta la orilla.
Eran los antiguos habitantes de Aghán que le mostraron así su agradecimiento. La cubrieron de obsequios y agasajos. Incluso quisieron hacerla su reina, pero ella se negó. Temía que la oscuridad de su corazón volviera en algún momento de su vida. Y ya hubo bastante con una reina.


De esta forma la princesa se convirtió en una mujer sabia.
Y ahora, como te he advertido, tengo que hacerte una pregunta.
¿Sabes ya quién soy yo?
¿Una princesa? ¿Una hechicera? ¿Una heroína?
(ja,ja,ja…)
Lo has adivinado.
Soy solo una mujer.




Fin

domingo, 1 de junio de 2014

Rosa de papel



 Conocí a Susi Sullivan en el Jardín secreto, un antro de dudoso ambiente. Lo único que recuerdo es que era jueves; el sábado ya había muerto.

Pero yo no fui.

En aquella época dedicaba mi tiempo a la loable labor de malgastar mi dinero en putas, travestis y alcohol (Al igual que muchos políticos de hoy en día). Mi mujer me había abandonado hacía ya tres meses, llevándose con ella a mi pequeño retoño de treinta y cuatro años. Aunque aquello parecía haberles venido bien a los dos, ya que conocieron a un rico traficante de reses bravas que les llenó la casa de caprichos baratos y la mente de pajaritos. Los dos pasaron de mi como de comer heces y, aunque al principio lo pasé mal, al cabo de un tiempo me alegré de no tener por en medio a aquellos dos tarados sin oficio ni beneficio.
Mis ingresos provenían principalmente de lo que me pagaban en «Joselin Smith» una cadena de electrodomésticos local, cuyo absurdo lema era: «Hacemos imposible lo posible». También solía recaudar algo de dinero escribiendo artículos en el periódico local, eso sí, con pseudónimo. El director de «el correo de l´ampurdá» no quería que su estrella principal, Sebastián palomero, fuera eclipsada por un escritorzucho de pueblo. El caso es que vivía una vida gris, ausente de todo sentido ni rumbo.
Pero el peor de mis problemas era mi médico. El muy estúpido me afanaba día tras día en arrebatarme lo único que daba sentido a mi vida. Primero fue el tabaco (Oh, esas caladas de media mañana, cómo las echo en falta), después el alcohol (aunque aún sigo dándome alguna alegría de vez en cuando), y por último, y por si no fuera poco, el café, mi maravilloso aliado en días de bajones de estima.
Nunca me había considerado digno de nada. Mis escasos méritos iban íntimamente relacionados con mi penosa apariencia. Un ser escuálido, de tez lechosa, ojos tristes y bueno para nada. Desde siempre intenté abrirme nuevos caminos que me aseguraran, no el éxito, pero sí la supervivencia en algún ámbito profesional. Ya fuera plantando coles, como peón de la construcción, despachando pan o vendiendo zapatos. Pero nada de aquello funcionó. Sólo mis artículos supusieron encumbrar algo mi carrera. Aunque más bien la carrera de «Mister Lolo» mi nombre de negro, pero, en fin... por lo menos cobraba. Ahora para colmo la alopecia cabrona me atosigaba, obligándome a adquirir placebos absurdos contra el suicidio capilar.

Ya fuera por encontrarme deprimido, o simplemente porque era estúpido, decidí dedicar mi vida a ayudar a los más débiles. Cómo superman. Y cómo el más débil que conocía era yo, pues comencé a ayudarme a mí mismo. En poco tiempo me hice asiduo a burdeles, bares de mala muerte, iglesias y antros de todo tipo. En algunos salía mejor parado que en otros, e incluso llevo con orgullo algunos moratones y arañazos de otros asiduos como yo a los que, por alguna razón no caí en gracia. Aunque, cómo Dios ya dijo una vez: «Hay que saber perdonar», por eso ahora suelo salir a la calle con «el perdon», un viejo cuchillo de cazador, comprado en los chinos, que me ha salvado más de una vez de algún embrollo.

En fin, ésta historia no trata de mi vida, sino de cómo conocí a la única mujer verdadera. La chica de las lágrimas. La mujer de mi vida.

Como ya he dicho, se llamaba Susi, y era de armas tomar. Su media melena rubia ondeaba al viento cuando salía contoneándose por el escenario. Tenía unas curvas de escándalo que no disimulaban esos cortos y ajustados vestidos de monja de clausura. Su voz era estridente como mil cuchillos lanzados a tus ojos, pero suave a la vez, como los mismos cuchillos clavándose lentamente en mi corazón. Ni qué decir tiene que me enamoré de ella al mismo verla. Bueno, todos los allí presentes estaban enamorados de ella: Durán, el veterano de guerra; Chachito, el eunuco con sobrepeso; Federico García Lorca, el filósofo de rosáceos cabellos. Incluso Aquiles, el de los pinrreles ligeros, profería una especial predilección por ella.
El Jardín secreto era un bar de alterne (vamos, lo que es un puticlub de toda la vida). Lo que tenía de novedoso era que había sido construido encima de un cementerio indio, por lo que a la diversión de compartir lecho con una moza, también había que sumar algún que otro polterguéis sin importancia, pero eso le daba vidilla al local, llenándose hasta los topes los fines de semana.
Creo recordar que el primer día que pisé sus rojizas baldosas era martes. No recuerdo muy bien de qué mes, ya que llevaba una borrachera importante. El caso es que pedí una horchata con vermut (me encantaba) y me repantigué en las doradas butacas a contemplar el ambiente. En el escenario actuaba una tal Betty, portando una serpiente de mentira alrededor del cuello. Nunca supe quien era Betty, si la serpiente o la mujer. A sus pies algunos babosos lanzaban sus manos con intención de tocarla. Incluso había algunas reses pastando y gallinas ponedoras en las mesas. Era todo una cutrez.
Una morena bizca se acercó a mí, y sin mediar palabra me toco el paquete.

- «¿Nos conocemos?» - le pregunté.
- «¿Querrías conocerme?» - me contestó.
- «¿Cuánto?»
- «Mucho.» - exclamó cogiendo con total libertad uno de mis cigarrillos y poniéndoselo en los labios.

Rápidamente se lo saqué de la boca y examiné la boquilla manchada de carmín.

- «Yo soy el que paga, así que yo soy el pone las normas.» - le hice saber pecando de soberbio.
- «¡Que te den!» - exclamó, marchándose sin decirme lo que tenían que darme.

Allí me quedé, compuesto y sin puta. Pero eso me sirvió para tomar notas en mi libreta de campo y saber que el rol de chulito no daba buen resultado.

Ahí fue donde la vi por primera vez. Su dorada melena salió de entre las bambalinas y me dio una bofetada. Su cuerpo, embutido en un fino vestido rojo, resaltada aún más sus voluptuosas formas, y sus pies, que decir de sus pies... Lanzó varias patadas a los babosos de la primera fila, botó cien veces un balón y se puso un sobrero usando solo el dedito gordo de su pie derecho. Por supuesto quedé prendado de ella, y no le quité el ojo hasta que terminó la actuación.
Cuando se acercó a la barra pidió un whisky doble y lo lanzó lejos sobre sus hombros.

-"¿No bebes?» - le pregunté acercando mi silla a ella sin levantarme.
-"No. El dueño quiere que estemos sobrias por si viene la pasma.» - me contestó sin mirarme siquiera.
-"Es una lástima.» - le dije. - «Yo que iba a invitarte a algo.»
- «Puedes hacerlo.» - Contestó. - "Así me llevaré un tanto por cien de lo que consumas.»

Pedí dos Vacas preñadas al camarero, y éste nos las sirvió raudo.

Intenté no parecer un baboso y comportarme como un caballero con ella, aunque pude comprobar claramente como Susi tenía los escudos levantados ante mí.

- «¿Y si te dijera de acostarnos?» - le lancé un arpón laser.
- «¿Y si te dijera que me olvides?» - me contestó.
-"Nunca podría olvidar esos ojos color miel.» - le contesté profundamente hechizado ante sus encantos.
- «Son azules, imbécil.» - me contestó.
- «Perdona, solo pretendía ser romántico.»
- «Los románticos no existen. ¡Entiendes!» - me gritó con furia. - «Desde Atila el huno, que fue el último, ya dejaron de existir. Las corrientes indoeuropeas trajeron algunos, mutilados, inertes, sus cuerpos discurrieron por el Sena y fueron solo pasto de las alimañas. Algunos escaparon con sus versos y ahora sobreviven como perros, corriendo desnudos por la campiña belga, siendo el hazmerreir de la gente pudiente. Gente como tú. Me dais asco.

No supe qué decir ante tal retahíla de absurdeces, y lo único que salió de mi boca fue:

- «No quería molestarte. Lo siento.»

Tras mi disculpa comencé a trotar con mi taburete hasta la parte más lúgubre y húmeda del local. Sentí como Susi me observaba en silencio, y quizá en lo más profundo de su corazón, ahí, detrás de esos dos pechos perfectos, el rencor dio paso a algo nuevo que se apiadó de mí.

- «Espera.» - me dijo llenandome de ilusión. -"Quizá he sido un poco dura contigo. Llevo unos días un poco rara. Ya no soy la puta que era antes.»
- «Lo entiendo. No te disculpes. Sé que vuestro trabajo es cruel y cargado de decisiones.» - le dije tendiéndole una rosa de papel que había hecho con una servilleta.
- «No lo sabes tú bien, majo.» -exclamó sacando su vena aragonesa.

De pronto me dio un beso en la mejilla, algo fugaz y mágico que me inundó de ilusión por dentro.

- «Mañana actúo. Quiero que vengas.» - me ordenó, yo solo asentí sin mediar palabra.


Al día siguiente ya estaba allí cuando abrieron.

Sorteé a la mujer de la limpieza y procuré no pisarle lo fregado, y tras acomodarme en la barra pedí una ronda de Trolebuses. Tenía que estar a tono cuando saliera mi chica.

Tras varias horas (y una buena tanda de Trolebuses a mis espaldas) la impresionante Susi subió al escenario.

No supe si era por los efectos del alcohol, pero aquella noche vi un fulgor especial en su mirada. Vestía unos harapos transparentes con unas finas plumas de periquito que tapaban justo lo necesario, dejando poco a la imaginación. Enredada en su pelo estaba mi rosa de papel. Verla allí me llenó de alegría.
Un borracho aferró su fino pie y comenzó a lamerlo con ansia. En ese momento quise matarle, pero mi chica se defendía bien. Le soltó tan tremenda patada que la mandíbula inferior aún decora la parte superior de la barra, junto a la botella de pacharán.
Decidido a ser su guardaespaldas me abrí paso entre la turba hasta hacerme un hueco en primera fila. Desde ahí podía verle “Tolonegro” bajo la fina pluma periquitente, pero eso no me excitó lo más mínimo. Aquella chica era especial y no provocaba en mí lo mismo que las otras putas que había conocido. Era... ¿Cómo decirlo? ¡Una chica especial!
Susi cantó un cálido tema de jazz con su insinuante voz, y cuando terminó puso un pie sobre mi cabeza y me la chafó contra el escenario. Símbolo inequívoco de su predilección hacia mí (o eso quise yo pensar).
Cuando acabó fue sustituida por el cadáver de un monologuista que no hacía mucha gracia. Aunque no le presté ni la más mínima atención. Esa noche estaba decidido a pasar más tiempo con mi chica, fuera como fuese.
Entré a los camerinos donde las chicas se cambiaban, pero no la encontré allí. Un letrero en la pared me informó de la dirección hacia donde había ido, y hasta allí me dirigí. Tras atravesar la puerta mohosa de un almacén, me encontré de bruces en un callejón lleno de basura y suciedad. Allí se estaba desarrollando una escena típica de las antiguas películas de gánsters. Un hombre con un parche en el ojo tenía retenida a mi Susi entre sus brazos, mientras otro, de aspecto oriental, parecía amenazarla con una pequeña navaja que recorrió la fina piel de su mejilla.

Sin mediar palabra saqué mi cuchillo de su funda y un tenue resplandor azul invadió su hoja. Era el resplandor de la justicia.

El oriental se alarmó al verme allí armado, y dando un paso adelante blandió su navaja ante mí, que resplandeció con el rojizo color de la muerte.

Era la justicia contra la muerte. (¿?)

- «Suelta a mi chica.» - le grité mientras me lanzaba a toda prisa contra él.

No le bastó más que apartarse para que yo tropezara y me diera el mayor hostión de mi vida. Caí de boca contra el suelo y resbalé por los charcos hasta salir despedido por un terraplén hasta el aparcamiento subterráneo de un supermercado cercano. Ahí me quedé contusionado y lleno de sangre.

Sólo desperté al notar unos cálidos besos resbalar por mis labios. Casi sin fuerzas atenacé su cabeza e introduje mi lengua en su boca. Pero la ausencia de dientes me hizo desconfiar. Pronto me di cuenta de que aquella mujer era en realidad una vieja payesa que transportaba heno en un carro tirado por bueyes.

Quise buscar a Susi, saber de ella, pero no encontré ni rastro por las inmediaciones. Alarmado ante la posibilidad de que se encontrara en peligro pregunté al dueño del Jardín, pero éste no me sirvió de mucha ayuda, ya que desconocía su domicilio, su teléfono y su distrito postal. Ni tan siquiera sabía su verdadero nombre (el de la chica, no el suyo. Él se llamaba Ramón.)

No supe qué hacer esa noche. Tuve intención de ir con el chisme a la pasma. Pero posiblemente ellos no harían nada con un chisme. Sólo detenerme por ser tan guapo y apuesto. Desesperado hice lo que todo el mundo en mi situación haría. Entrar al Jardín a emborracharme.

Al día siguiente fui despedido de «Joselin Smith». El dueño argumentó contra mí falacias tales como que me había dormido sobre unos clientes; había dejado el suelo de la tienda infecto de vómitos; e incluso había mentido soberanamente al decir que había intentado meterle mano a la cajera argumentado que era «mi amor, mi Susi...» . Vamos, todo mentira.

Con el dinero del despido me compré una cizalla y una máquina de taladrar. Sabía que algún día me harían falta.

Esa misma noche me apresuré a estar en el Jardín a la hora en la que entraban las señoras putas a trabajar. Una de ellas (la bizca), me informó bien a cambio de cigarros. Según me dijo, Susi estaba de mierda hasta el cuello. A veces se duchaba y se le pasaba, pero no tardaba en volver a estar de mierda hasta el cuello. Me contó que estaba metida en un negocio de contrabando de sandias, y que, por negligencia o por vicio, se había comido una. Eso bien sabe Dios que no lo perdonaban los señores traficantes, y por ellos ahora la acosaban.

Maldije mi estampa y la de la bizca por ser tan estúpido. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Susi tenía toda la pinta de ser sandi-traficante, pero yo no había querido verlo. Ahora sin embargo todo estaba claro. Sus idas y venidas a horas intempestivas. Su extraño perfume a melón. Las manchas rojizas de sus vestidos escotados...

Esperé. Pasaron horas y esperé. Pero Susi no apareció esa noche.

Al día siguiente repetí religiosamente mi actuación de los últimos días. Esperé en el oscuro callejón; Me tomé mi ración nocturna de Trolebuses y vacas preñadas; y cerré bares en las cercanías. Pero todo fue en vano. No encontré a Susi, y en mi desesperación comencé a caminar cabizbajo. Eso hizo que me encontrara un euro.
- «Suerte mezquina en mi tristeza.» - Grité iracundo al viento.

Solo cuando ya estaba a tres calles de mi casa la encontré. Susi bajó sombría de un taxi. Había dejado de lado sus prendas escotadas y ahora vestía con un largo abrigo y una enorme pamela, una indumentaria muy poco habitual en ella. Acercándose a mí me dio un beso y me dijo entre lágrimas:

- «He venido a despedirme de ti. Sé que lo sabes todo. Sé que he sido una niña mala contigo, y espero que me perdones. Pero no lo harás. No lo harás porque sabes que las niñas malas no son de confianza y te volveré a engañar. Quizá no hoy, ni mañana. Pero sí pasado mañana.

Yo asentí sin comprender ni «mu». Mis ojos estaban fijos en su voluptuoso escote que hacía botar sus pechitos mientras hablaba.

- «Ahora solo quiero que me ames, John (¿John? ¿Qué John? Yo no me llamo John.). Hazme el amor. Ámame ya que tú eres ya lo único que me queda. Déjame llevarme ese recuerdo ya que no hay otra cosa en esta ciudad que me retenga».

La aferré fuertemente de los brazos y la atraje hacia mi pecho. Noté su calor corporal (unos 36 grados mas o menos),y allí mismo la amé. En mitad de la calle contra el taxi. Bombeé como un capataz con el campo lleno de ortigas.  Le hice el amor como nunca se lo había hecho a nadie. ¡Ni a mí mismo! Cuando la vi marcharse cojeando, mi alma se cayó al suelo y fue engullida por la bajada de una alcantarilla.

Nunca, ni en mis sueños más íntimos volví a encontrar un amor tan salvaje y cruel como el que me ofreció aquella mujer. Dos días después, ojeando la prensa, pude leer un artículo sobre ella. La habían encontrado muerta en los aseos de un avión hacia Venezuela. Sobre su cadáver solo hallaron cascaras de sandía y la rosita de papel sobre su pecho.

Descanse en paz señorita Susi Sullivan.

sábado, 28 de diciembre de 2013

Momento de autobombo.

Expongo a continuación las obras que tengo publicadas. Pinchando sobre ellas iréis al sitio de amazon donde las tengo a la venta.

 Atrida 1


Atrida. Requiem 1.


Hace ya mucho tiempo...
En un lejano momento de nuestro presente, un mundo será creado sobre las ruinas de nuestros errores pasados...
El nombre de ese mundo será Atrida, y estas son sus crónicas.
Las cronicas de un pequeño invocador, las de una joven miliciana, las de un viejo mago y un desalentado guerrero.El destino unirá a todos ellos contra un mal que amenaza Átrida entera, y no solo Átrida, si no también nuestro mundo.




Atrida. Requiem 2. 

En un lejano momento de nuestro presente, un mundo será creado sobre las ruinas de nuestros errores pasados...
Este mundo será Atrida y estas son sus crónicas.

Las crónicas de un rey sin corona y un diablo sin cuernos.La biblia 2. los textos hipócritas.









Biblia 2. textos hipócritas

 La biblia II. textos hipócritas.

Hace mucho tiempo, en una Galilea lejana...
...existió un hombre llamado Jesús del que mucho se ha hablado pero poco se conoce. 

Gracias a los textos sagrados conocemos las peripecias de éste enigmático hombre que tanto ha dado que hablar. Pero muchas cosas sobre él se han quedado en el tintero, y aún hoy en día, numerosas incógnitas nos asaltan cuando repasamos estas escrituras:
¿Era el mesías un hombre de mundo, o más bien de pueblo?
¿Practicaba sus propias enseñanzas, o quizás era un poco golferas?
¿Adonde se dirigía caminando de aquí para allá?
¿Conoció a algún famoso?
¿Tenía un perro?

Muchas incógnitas que probablemente algún día serán desveladas.
Aunque hoy no será ese día...



DSF

¿Son delirios lo que siento? ¿Son sueños? ¿Son anhelos de otras vidas? La felicidad se paga. ¡Y a qué precio! Muchas veces más caro de lo que podemos pagar. Esta es la historia de otras historias; es mi mano acariciando tu cara; son tus ojos color miel tan iguales a los míos. Algún día lo entenderé. Cuando deje de soñar contigo. Con mi obsesión.

martes, 26 de noviembre de 2013

Hora feliz de hidromiel!!!


Recursos para escritores

Si sois como el menda, que vais con vuestra libretita por la calle apuntando todas vuestras idas de cabeza para plasmarlas en vuestro manuscrito, aquí tenéis algo que puede seros de utilidad. Esta pagina os informara gustosa de cursos, concursos, sacrificios y angustias varias para que os sintáis identificados con el noble oficio de escritor. Luego me lo pagáis con sangre.