Conocí a Susi Sullivan
en el Jardín secreto, un antro de dudoso ambiente. Lo único
que recuerdo es que era jueves; el sábado ya había muerto.
Pero yo no fui.
En aquella época
dedicaba mi tiempo a la loable labor de malgastar mi dinero en putas,
travestis y alcohol (Al igual que muchos políticos de hoy en día).
Mi mujer me había abandonado hacía ya tres meses, llevándose con
ella a mi pequeño retoño de treinta y cuatro años. Aunque aquello
parecía haberles venido bien a los dos, ya que conocieron a un rico
traficante de reses bravas que les llenó la casa de caprichos
baratos y la mente de pajaritos. Los dos pasaron de mi como de comer
heces y, aunque al principio lo pasé mal, al cabo de un tiempo me
alegré de no tener por en medio a aquellos dos tarados sin oficio ni
beneficio.
Mis ingresos provenían
principalmente de lo que me pagaban en «Joselin Smith» una cadena
de electrodomésticos local, cuyo absurdo lema era: «Hacemos
imposible lo posible». También solía recaudar algo de dinero
escribiendo artículos en el periódico local, eso sí, con
pseudónimo. El director de «el correo de l´ampurdá» no
quería que su estrella principal, Sebastián palomero, fuera
eclipsada por un escritorzucho de pueblo. El caso es que vivía una
vida gris, ausente de todo sentido ni rumbo.
Pero el peor de mis
problemas era mi médico. El muy estúpido me afanaba día tras día
en arrebatarme lo único que daba sentido a mi vida. Primero fue el
tabaco (Oh, esas caladas de media mañana, cómo las echo en falta),
después el alcohol (aunque aún sigo dándome alguna alegría de vez
en cuando), y por último, y por si no fuera poco, el café, mi
maravilloso aliado en días de bajones de estima.
Nunca me había
considerado digno de nada. Mis escasos méritos iban íntimamente
relacionados con mi penosa apariencia. Un ser escuálido, de tez
lechosa, ojos tristes y bueno para nada. Desde siempre intenté
abrirme nuevos caminos que me aseguraran, no el éxito, pero sí la
supervivencia en algún ámbito profesional. Ya fuera plantando
coles, como peón de la construcción, despachando pan o vendiendo
zapatos. Pero nada de aquello funcionó. Sólo mis artículos
supusieron encumbrar algo mi carrera. Aunque más bien la carrera de
«Mister Lolo» mi nombre de negro, pero, en fin... por lo menos
cobraba. Ahora para colmo la alopecia cabrona me atosigaba,
obligándome a adquirir placebos absurdos contra el suicidio capilar.
Ya fuera por encontrarme
deprimido, o simplemente porque era estúpido, decidí dedicar mi
vida a ayudar a los más débiles. Cómo superman. Y cómo el más
débil que conocía era yo, pues comencé a ayudarme a mí mismo. En
poco tiempo me hice asiduo a burdeles, bares de mala muerte, iglesias
y antros de todo tipo. En algunos salía mejor parado que en otros, e
incluso llevo con orgullo algunos moratones y arañazos de otros
asiduos como yo a los que, por alguna razón no caí en gracia.
Aunque, cómo Dios ya dijo una vez: «Hay que saber perdonar», por
eso ahora suelo salir a la calle con «el perdon», un viejo cuchillo
de cazador, comprado en los chinos, que me ha salvado más de
una vez de algún embrollo.
En fin, ésta historia no
trata de mi vida, sino de cómo conocí a la única mujer verdadera.
La chica de las lágrimas. La mujer de mi vida.
Como ya he dicho, se
llamaba Susi, y era de armas tomar. Su media melena rubia ondeaba al
viento cuando salía contoneándose por el escenario. Tenía unas
curvas de escándalo que no disimulaban esos cortos y ajustados
vestidos de monja de clausura. Su voz era estridente como mil
cuchillos lanzados a tus ojos, pero suave a la vez, como los mismos
cuchillos clavándose lentamente en mi corazón. Ni qué decir tiene
que me enamoré de ella al mismo verla. Bueno, todos los allí
presentes estaban enamorados de ella: Durán, el veterano de guerra;
Chachito, el eunuco con sobrepeso; Federico García Lorca, el
filósofo de rosáceos cabellos. Incluso Aquiles, el de los pinrreles
ligeros, profería una especial predilección por ella.
El Jardín secreto era un
bar de alterne (vamos, lo que es un puticlub de toda la vida). Lo que
tenía de novedoso era que había sido construido encima de un
cementerio indio, por lo que a la diversión de compartir lecho con
una moza, también había que sumar algún que otro polterguéis sin
importancia, pero eso le daba vidilla al local, llenándose hasta los
topes los fines de semana.
Creo recordar que el
primer día que pisé sus rojizas baldosas era martes. No recuerdo
muy bien de qué mes, ya que llevaba una borrachera importante. El
caso es que pedí una horchata con vermut (me encantaba) y me
repantigué en las doradas butacas a contemplar el ambiente. En el
escenario actuaba una tal Betty, portando una serpiente de mentira
alrededor del cuello. Nunca supe quien era Betty, si la serpiente o
la mujer. A sus pies algunos babosos lanzaban sus manos con intención
de tocarla. Incluso había algunas reses pastando y gallinas
ponedoras en las mesas. Era todo una cutrez.
Una morena bizca se
acercó a mí, y sin mediar palabra me toco el paquete.
- «¿Nos conocemos?» -
le pregunté.
- «¿Querrías
conocerme?» - me contestó.
- «¿Cuánto?»
- «Mucho.» - exclamó
cogiendo con total libertad uno de mis cigarrillos y poniéndoselo en
los labios.
Rápidamente se lo saqué
de la boca y examiné la boquilla manchada de carmín.
- «Yo soy el que paga,
así que yo soy el pone las normas.» - le hice saber pecando de
soberbio.
- «¡Que te den!» -
exclamó, marchándose sin decirme lo que tenían que darme.
Allí me quedé,
compuesto y sin puta. Pero eso me sirvió para tomar notas en mi
libreta de campo y saber que el rol de chulito no daba buen
resultado.
Ahí fue donde la vi por
primera vez. Su dorada melena salió de entre las bambalinas y me dio
una bofetada. Su cuerpo, embutido en un fino vestido rojo, resaltada
aún más sus voluptuosas formas, y sus pies, que decir de sus
pies... Lanzó varias patadas a los babosos de la primera fila, botó
cien veces un balón y se puso un sobrero usando solo el dedito gordo
de su pie derecho. Por supuesto quedé prendado de ella, y no le
quité el ojo hasta que terminó la actuación.
Cuando
se acercó a la barra pidió un whisky doble y lo lanzó lejos sobre
sus hombros.
-"¿No bebes?» - le
pregunté acercando mi silla a ella sin levantarme.
-"No. El dueño
quiere que estemos sobrias por si viene la pasma.» - me contestó
sin mirarme siquiera.
-"Es una lástima.»
- le dije. - «Yo que iba a invitarte a algo.»
- «Puedes hacerlo.» -
Contestó. - "Así me llevaré un tanto por cien de lo que
consumas.»
Pedí dos Vacas
preñadas al camarero, y éste nos las sirvió raudo.
Intenté no parecer un
baboso y comportarme como un caballero con ella, aunque pude
comprobar claramente como Susi tenía los escudos levantados ante mí.
- «¿Y si te dijera de
acostarnos?» - le lancé un arpón laser.
- «¿Y si te dijera que
me olvides?» - me contestó.
-"Nunca podría
olvidar esos ojos color miel.» - le contesté profundamente
hechizado ante sus encantos.
- «Son azules, imbécil.»
- me contestó.
- «Perdona, solo
pretendía ser romántico.»
- «Los románticos no
existen. ¡Entiendes!» - me gritó con furia. - «Desde Atila el
huno, que fue el último, ya dejaron de existir. Las corrientes
indoeuropeas trajeron algunos, mutilados, inertes, sus cuerpos
discurrieron por el Sena y fueron solo pasto de las alimañas.
Algunos escaparon con sus versos y ahora sobreviven como perros,
corriendo desnudos por la campiña belga, siendo el hazmerreir de la
gente pudiente. Gente como tú. Me dais asco.
No supe qué decir ante
tal retahíla de absurdeces, y lo único que salió de mi boca fue:
- «No quería molestarte.
Lo siento.»
Tras
mi disculpa comencé a trotar con mi taburete hasta la parte más
lúgubre y húmeda del local. Sentí como Susi me observaba en
silencio, y quizá en lo más profundo de su corazón, ahí, detrás
de esos dos pechos perfectos, el rencor dio paso a algo nuevo que se
apiadó de mí.
- «Espera.» - me dijo
llenandome de ilusión. -"Quizá he sido un poco dura contigo.
Llevo unos días un poco rara. Ya no soy la puta que era antes.»
- «Lo entiendo. No te
disculpes. Sé que vuestro trabajo es cruel y cargado de decisiones.»
- le dije tendiéndole una rosa de papel que había hecho con una
servilleta.
- «No lo sabes tú bien,
majo.» -exclamó sacando su vena aragonesa.
De
pronto me dio un beso en la mejilla, algo fugaz y mágico que me
inundó de ilusión por dentro.
- «Mañana actúo. Quiero
que vengas.» - me ordenó, yo solo asentí sin mediar palabra.
Al día siguiente ya
estaba allí cuando abrieron.
Sorteé a la mujer de la
limpieza y procuré no pisarle lo fregado, y tras acomodarme en la
barra pedí una ronda de Trolebuses. Tenía que estar a tono
cuando saliera mi chica.
Tras varias horas (y una
buena tanda de Trolebuses a mis espaldas) la impresionante
Susi subió al escenario.
No supe si era por los
efectos del alcohol, pero aquella noche vi un fulgor especial en su
mirada. Vestía unos harapos transparentes con unas finas plumas de
periquito que tapaban justo lo necesario, dejando poco a la
imaginación. Enredada en su pelo estaba mi rosa de papel. Verla allí
me llenó de alegría.
Un borracho aferró su
fino pie y comenzó a lamerlo con ansia. En ese momento quise
matarle, pero mi chica se defendía bien. Le soltó tan tremenda
patada que la mandíbula inferior aún decora la parte superior de la
barra, junto a la botella de pacharán.
Decidido a ser su
guardaespaldas me abrí paso entre la turba hasta hacerme un hueco en
primera fila. Desde ahí podía verle “Tolonegro” bajo la
fina pluma periquitente, pero eso no me excitó lo más mínimo.
Aquella chica era especial y no provocaba en mí lo mismo que las
otras putas que había conocido. Era... ¿Cómo decirlo? ¡Una chica
especial!
Susi cantó un cálido
tema de jazz con su insinuante voz, y cuando terminó puso un pie
sobre mi cabeza y me la chafó contra el escenario. Símbolo
inequívoco de su predilección hacia mí (o eso quise yo pensar).
Cuando acabó fue
sustituida por el cadáver de un monologuista que no hacía mucha
gracia. Aunque no le presté ni la más mínima atención. Esa noche
estaba decidido a pasar más tiempo con mi chica, fuera como fuese.
Entré a los camerinos
donde las chicas se cambiaban, pero no la encontré allí. Un letrero
en la pared me informó de la dirección hacia donde había ido, y
hasta allí me dirigí. Tras atravesar la puerta mohosa de un
almacén, me encontré de bruces en un callejón lleno de basura y
suciedad. Allí se estaba desarrollando una escena típica de las
antiguas películas de gánsters. Un hombre con un parche en el ojo
tenía retenida a mi Susi entre sus brazos, mientras otro, de aspecto
oriental, parecía amenazarla con una pequeña navaja que recorrió
la fina piel de su mejilla.
Sin mediar palabra saqué
mi cuchillo de su funda y un tenue resplandor azul invadió su hoja.
Era el resplandor de la justicia.
El oriental se alarmó al
verme allí armado,
y dando un paso adelante blandió su navaja ante mí, que
resplandeció con el rojizo color de la muerte.
Era la justicia contra la
muerte. (¿?)
- «Suelta a mi chica.» -
le grité mientras me lanzaba a toda prisa contra él.
No le bastó más que
apartarse para que yo tropezara y me diera el mayor hostión de mi
vida. Caí de boca contra el suelo y resbalé por los charcos hasta
salir despedido por un terraplén hasta el aparcamiento subterráneo
de un supermercado cercano. Ahí me quedé contusionado y lleno de
sangre.
Sólo desperté al notar
unos cálidos besos resbalar por mis labios. Casi sin fuerzas atenacé
su cabeza e introduje mi lengua en su boca. Pero la ausencia de
dientes me hizo desconfiar. Pronto me di cuenta de que aquella mujer
era en realidad una vieja payesa que transportaba heno en un carro
tirado por bueyes.
Quise buscar a Susi,
saber de ella, pero no encontré ni rastro por las inmediaciones.
Alarmado ante la posibilidad de que se encontrara en peligro pregunté
al dueño del Jardín, pero éste no me sirvió de mucha
ayuda, ya que desconocía su domicilio, su teléfono y su distrito
postal. Ni tan siquiera sabía su verdadero nombre (el de la chica,
no el suyo. Él se llamaba Ramón.)
No supe qué hacer esa
noche. Tuve intención de ir con el chisme a la pasma. Pero
posiblemente ellos no harían nada con un chisme. Sólo detenerme por ser tan guapo
y apuesto. Desesperado hice lo que todo el mundo en mi situación
haría. Entrar al Jardín a emborracharme.
Al día siguiente fui
despedido de «Joselin Smith». El dueño argumentó contra mí
falacias tales como que me había dormido sobre unos clientes; había
dejado el suelo de la tienda infecto de vómitos; e incluso había
mentido soberanamente al decir que había intentado meterle mano a la
cajera argumentado que era «mi amor, mi Susi...» . Vamos, todo
mentira.
Con el dinero del despido
me compré una cizalla y una máquina de taladrar. Sabía que algún
día me harían falta.
Esa misma noche me
apresuré a estar en el Jardín a la hora en la que entraban las
señoras putas a trabajar. Una de ellas (la bizca), me informó bien
a cambio de cigarros. Según me dijo, Susi estaba de mierda hasta el
cuello. A veces se duchaba y se le pasaba, pero no tardaba en volver
a estar de mierda hasta el cuello. Me contó que estaba metida en un
negocio de contrabando de sandias, y que, por negligencia o por
vicio, se había comido una. Eso bien sabe Dios que no lo perdonaban
los señores traficantes, y por ellos ahora la acosaban.
Maldije mi estampa y la
de la bizca por ser tan estúpido. ¿Cómo no me había dado cuenta
antes? Susi tenía toda la pinta de ser sandi-traficante, pero yo no
había querido verlo. Ahora sin embargo todo estaba claro. Sus idas y
venidas a horas intempestivas. Su extraño perfume a melón. Las
manchas rojizas de sus vestidos escotados...
Esperé. Pasaron horas y
esperé. Pero Susi no apareció esa noche.
Al día siguiente repetí
religiosamente mi actuación de los últimos días. Esperé en el
oscuro callejón; Me tomé mi ración nocturna de Trolebuses y vacas
preñadas; y cerré bares en las cercanías. Pero todo fue en vano.
No encontré a Susi, y en mi desesperación comencé a caminar
cabizbajo. Eso hizo que me encontrara un euro.
- «Suerte mezquina en mi
tristeza.» - Grité iracundo al viento.
Solo cuando ya estaba a
tres calles de mi casa la encontré. Susi bajó sombría de un taxi.
Había dejado de lado sus prendas escotadas y ahora vestía con un
largo abrigo y una enorme pamela, una indumentaria muy poco habitual
en ella. Acercándose a mí me dio un beso y me dijo entre lágrimas:
- «He venido a despedirme
de ti. Sé que lo sabes todo. Sé que he sido una niña mala contigo,
y espero que me perdones. Pero no lo harás. No lo harás porque
sabes que las niñas malas no son de confianza y te volveré a
engañar. Quizá no hoy, ni mañana. Pero sí pasado mañana.
Yo asentí sin comprender
ni «mu». Mis ojos estaban fijos en su voluptuoso escote que hacía
botar sus pechitos mientras hablaba.
- «Ahora solo quiero que
me ames, John (¿John? ¿Qué John? Yo no me llamo John.). Hazme el
amor. Ámame ya que tú eres ya lo único que me queda. Déjame
llevarme ese recuerdo ya que no hay otra cosa en esta ciudad que me
retenga».
La aferré fuertemente de los brazos y la atraje hacia mi pecho. Noté su calor corporal (unos 36 grados mas o menos),y allí mismo la amé. En
mitad de la calle contra el taxi. Bombeé como un capataz con el campo lleno de ortigas. Le hice el amor como nunca se lo
había hecho a nadie. ¡Ni a mí mismo! Cuando la vi marcharse
cojeando, mi alma se cayó al suelo y fue engullida por la bajada de
una alcantarilla.
Nunca, ni en mis sueños
más íntimos volví a encontrar un amor tan salvaje y cruel como el
que me ofreció aquella mujer. Dos días después, ojeando la prensa,
pude leer un artículo sobre ella. La habían encontrado muerta en
los aseos de un avión hacia Venezuela. Sobre su cadáver solo
hallaron cascaras de sandía y la rosita de papel sobre su pecho.
Descanse en paz señorita Susi Sullivan.