Yo
he visto cosas que nunca podrías imaginar…
¿No
me crees?
Piensa
un poco. Remóntate a tu niñez y viaja con tus recuerdos hasta esos
tiempos felices y sin preocupaciones. Una época dorada en la vida de
todos los hombres en la que nos vamos creando por dentro hasta
alcanzar a ser ese espíritu libre que todos ansiamos ser.
¿Cómo?
¿No
eres un espíritu libre? ¿Las penas te angustian y no ves la salida
por mucho que la busques?
¡Yo
no tengo la culpa!
No
hay que buscar culpables cuando nos embarga la pena, sino luchar para
salir de ella.
Mírame
a mí. Yo era como tú. Pero fui evolucionando, creciendo y
haciéndome adulta. Cierto es que los problemas crecen a la par que
nosotros. Pero ahí está nuestro espíritu forjado por la educación
que vamos recibiendo. Preparado para hacer frente a cualquier
contratiempo que nos ocasione la vida.
No.
No insultes a la vida. Te repito que no hay que buscar culpables.
Debes
ser fuerte. Has venido aquí desde alguna parte del universo, y yo te
ayudaré. No dudes que pondré todo mi empeño en hacerlo, ya que fui
educada para eso.
¿Aún
no sabes quién soy?
Perdona
mi sonrisa, pero no puedo evitarla.
Tú
me conoces bien. Te has topado conmigo en infinitas ocasiones. En el
hospital; cuando fuiste a clase; Incluso el otro día, cuando saliste
a la calle. Yo siempre he deseado acercarme a ti. Incluso un día
rozamos nuestras manos, y ese fue el mejor regalo que podrías
haberme hecho.
¿No
recuerdas a esa niña tímida que se sentaba justo detrás de ti en
el colegio?
-“¡Ja,ja,ja…!
Vas recordando.”
No
sabes lo que me alegro. He logrado crear un vinculo entre nosotros
que espero te mantenga conmigo hasta el final de este relato. Los
vínculos son muy importantes. Tú mismo has creado vínculos con las
personas de tu entorno. Y por muy insignificantes que parezcan, ahí
están, como fuertes lazos que solo el tiempo y el olvido pueden
romper.
De
ti depende revisar esos lazos para que no se rompan.
Yo
misma reviso día a día los miles de lazos que parten de mi
espíritu, disgregándose en el horizonte. Unos van más lejos, otros
más cerca, pero todos, absolutamente todos están fuertemente unidos
a mí. Aunque debo reconocer que a lo largo de mi vida algunos han
sido cortados. Bien por el tiempo o por las tijeras de las mujeres de
negro. Prefiero no hablar de ellas, ya que sospecho que yo misma las
he creado en algún momento de mi vida.
Pero,
ahora te voy a contar un cuento. Permanece atento, ya que al final te
haré una pregunta. ;)
Erase
una vez una princesa que vivía en un castillo junto a su familia.
Día tras día se hacía cargo de sus tareas y acudía formalmente a
realizar sus estudios. Esa era una buena manera de labrarse un buen
futuro en la corte.
Un
buen día un joven príncipe llegó al castillo, encandilando a todos
con sus trucos y hechizos. La primera en caer bajo sus encantos fue
la princesa, que lo dejó todo y decidió marcharse con él a su
supuesto reino encantado. Su familia no tomó muy bien aquella
iniciativa por parte de su primogénita, pero la ilusión dibujada en
su rostro hablaba por ella. Sus padres comprendieron aquella ilusión
y la ayudaron en su viaje. Adoptaron al joven extranjero como si de
un hijo se tratase, y les ayudaron en todo lo que pudieron para que
la marcha no les fuera penosa.
Finalmente
emprendieron camino. Juntos, de la mano como cualquier pareja de
enamorados. El camino fue largo y lleno de contratiempos, algo que la
princesa no esperaba, pero el fuego de su amor guió sus pies y
mantuvo a los jóvenes unidos sorteando las piedras que el destino
ponía en sus pasos. Juntos atravesaron montañas y valles. Subieron
hasta las cumbres de los cielos y bajaron hasta las ciénagas del
infierno.
En
ese lugar sus manos fueron separándose.
La
joven luchó por mantener aferrada la mano de su enamorado, pero la
ventisca lo dificultaba todo, incluso poder ver más allá de su
nariz.
Esa
fue la primera vez que las vio. Una de aquellas ancianas apareció
para cortar sus manos con las tijeras roñosas.
Aquello
provocó dolor, ira y desesperación. El joven príncipe culpó a la
princesa por haberlas invocado, y ahora pienso que no le faltaba
razón. Aún así intentó asirla con sus muñones ensangrentados.
Intentó una y mil veces empujarla hasta la cima, pero todo fue
inútil.
- “Lo siento. Eres un lastre para mí.” – le dijo en un susurro mientras le veía alejarse en el silencio.
Allí
quedó, sola y angustiada. Perdida en una tierra extraña y hostil
azotada por el viento.
Y
de aquellos vientos vinieron tempestades que la arrojaron de nuevo al
abismo. Pero eh aquí que descubrió algo sorprendente que
desconocía.
La
princesa podía volar.
Remontó
el vuelo con sus alas y salió de aquel atolladero. Aunque continuaba
perdida ahora todo era diferente, ya que podía ver las cosas desde
lo alto. Precisamente desde ahí vio venir al ladrón. Era un joven
apuesto, gallardo y varonil. Un poco sinvergüenza, pero divertido. A
él entregó sus siguientes pasos, que se convirtieron en aventuras
sorprendentes al margen de las normas establecidas.
Junto
a él aprendió a saltarse las reglas, a dibujar ella misma señales
de tráfico, y aprovechar los hombros de la gente para trepar y ver
el cielo. Acompañándole comprendió lo ciego que está el ser
humano en lo que a soñar se refiere.
Finalmente
el ladrón hizo lo que mejor sabía hacer. Le robó el corazón. Por
fortuna dejó olvidado un trocito que la joven tenía guardado dentro
de un cajón, y gracias a él pudo secarse las lágrimas y continuar.
Tras
atravesar una gran ventisca llegó hasta la ciudad de Aghán. En ella
pudo conocer a los hombres sin alma, perdidos en sus vidas grises sin
sentido ni ilusión. Sólo una persona ejercía allí el poder, y esa
era la reina. A ella se dirigió la princesa cuando tuvo constancia
de su existencia.
La
reina se negó a ayudarla, incluso la condenó a ser quemada viva.
Según sus palabras, nadie si no ella debía llevar la iniciativa en
Aghán.
Así
y no de otra forma fue como la princesa perdió sus alas. Pero la
ilusión no se quema, si no que se aviva como el fuego. Así, de esta
forma pudo la princesa escapar de aquella trampa, tornarse gris como
los habitantes de aquella ciudad y pasar desapercibida. Pasó años
así, pero en ningún momento dejó la joven de buscar una salida.
En
aquella condena autoimpuesta pudo la princesa conocer al anciano
tejedor. También vivía escondido, pero a la vez a la vista de
todos. Sus labrados tejidos eran famosos allende los mares, y no
había nadie en el mundo que no hubiera oído hablar alguna vez de
ellos. Gracias al anciano la princesa aprendió a tejer finos
bordados que elevaron su espíritu, haciendo de ella algo parecido a
lo que soy ahora.
Los
lienzos bordados alegraron las calles de Aghán y mostraron a sus
gentes un nuevo mundo de color. Aquello les ayudó a ser conscientes
de la monotonía de sus vidas y les guió hasta la salida de la
ciudad. Cierto es que algunos prefirieron quedarse allí, ya que sus
hondas raíces incluso les resultaban placenteras. Pero la gran
mayoría decidieron embalar sus pertenencias y marcharse en busca de
un futuro mejor.
La vengativa reina esperó paciente a la princesa. Cuando ésta
terminó de tejer, decidió marcharse, pero ahí encontró su final.
Un cuchillo entró raudo en su corazón, emponzoñando a la joven, y
transformando una parte de su ser en odio y rencor.
El
rencor por lo arrebatado.
Aún
así su último bordado fue lo que ayudó a la princesa a salir de
allí. La alejó lo suficiente como para ponerla a salvo en mitad del
océano.
Aquella
barca en la mar dio bandazos, chocó con los escollos y amenazó con
zozobrar, pero nunca lo hizo. Era consciente del valor que tenía lo
que transportaba, y así fue como, a costa de su propia integridad,
logró llevarla hasta las costas de su ciudad natal.
Sus
padres, ya ancianos, hicieron una gran fiesta en su honor. Su
primogénita había vuelto y aquello ya era motivo para meses de
celebración.
Pero,
aunque estuviera sana y salva de vuelta en casa, la princesa no era
feliz. El veneno de la reina había dejado una profunda cicatriz que
de vez en cuando transformaba a la joven en oscuridad. Y esa
oscuridad reprochó a los ancianos por sus actos. Reprochó a los
reyes que la hubieran dejado marchar; que la hubieran abandonado a su
suerte en manos extrañas y a expensas de cientos de peligros.
La
tristeza se apoderó entonces del corazón de los ancianos,
marchitándolos hasta la muerte.
La
princesa comprendió demasiado tarde lo que había hecho, y por ello
sacó del cajón de su pecho su emponzoñado corazón lanzándolo
lejos, muy lejos. De ésta manera logró desembarazarse del odio que
no volvió a importunarla nunca más.
Aunque
sin corazón poco se puede hacer. Allí quedó la princesa, inmóvil,
tendida en la playa a expensas de la marea. Cuando el mar se la llevó
solo una cosa quedó en su cabeza: Agradecimiento a todo aquello que
la ayudó y la hizo volver sana y salva a su hogar. Al ladrón, que a
pesar de todo le abrió puertas; al anciano que hizo lo propio en
Aghán; incluso a la barca por llevarla hasta su casa. También
recordó a todos los que la perjudicaron, pero no les guardó rencor.
De una u otra forma tenían sus razones para comportarse así.
De
pronto comenzó a ver de nuevo sus bordados. Se elevaban en la
lejanía del cielo realizando complicados dibujos sobre su cabeza.
Aquello agradó a la princesa. Fue entonces cuando notó como unos
brazos la izaban sobre las olas. Manos invisibles transportaron su
cuerpo hasta un puerto cercano y la encumbraron hasta la orilla.
Eran
los antiguos habitantes de Aghán que le mostraron así su
agradecimiento. La cubrieron de obsequios y agasajos. Incluso
quisieron hacerla su reina, pero ella se negó. Temía que la
oscuridad de su corazón volviera en algún momento de su vida. Y ya
hubo bastante con una reina.
De
esta forma la princesa se convirtió en una mujer sabia.
Y
ahora, como te he advertido, tengo que hacerte una pregunta.
¿Sabes
ya quién soy yo?
¿Una
princesa? ¿Una hechicera? ¿Una heroína?
(ja,ja,ja…)
Lo
has adivinado.
Soy
solo una mujer.
Fin

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