¿Que quieres tomar?

Lo primero, me importa un bledo quien seas. A mis ciento setenta años he recorrido suficiente mundo como para ser ahora hombro en el que llorar las penas.
Lo que quiero es ver tu alma. Este bar se alimenta de ellas. Y no veas como zampa. Abre aquí la tuya y enseña lo que tienes tan adentro que no puedes mostrarlo por ahí.

Prometo no comerte hasta que termines.

domingo, 22 de junio de 2014

Un cuento de hadas




Yo he visto cosas que nunca podrías imaginar…
¿No me crees?
Piensa un poco. Remóntate a tu niñez y viaja con tus recuerdos hasta esos tiempos felices y sin preocupaciones. Una época dorada en la vida de todos los hombres en la que nos vamos creando por dentro hasta alcanzar a ser ese espíritu libre que todos ansiamos ser.
¿Cómo?
¿No eres un espíritu libre? ¿Las penas te angustian y no ves la salida por mucho que la busques?
¡Yo no tengo la culpa!
No hay que buscar culpables cuando nos embarga la pena, sino luchar para salir de ella.
Mírame a mí. Yo era como tú. Pero fui evolucionando, creciendo y haciéndome adulta. Cierto es que los problemas crecen a la par que nosotros. Pero ahí está nuestro espíritu forjado por la educación que vamos recibiendo. Preparado para hacer frente a cualquier contratiempo que nos ocasione la vida.
No. No insultes a la vida. Te repito que no hay que buscar culpables.
Debes ser fuerte. Has venido aquí desde alguna parte del universo, y yo te ayudaré. No dudes que pondré todo mi empeño en hacerlo, ya que fui educada para eso.


¿Aún no sabes quién soy?
Perdona mi sonrisa, pero no puedo evitarla.
Tú me conoces bien. Te has topado conmigo en infinitas ocasiones. En el hospital; cuando fuiste a clase; Incluso el otro día, cuando saliste a la calle. Yo siempre he deseado acercarme a ti. Incluso un día rozamos nuestras manos, y ese fue el mejor regalo que podrías haberme hecho.
¿No recuerdas a esa niña tímida que se sentaba justo detrás de ti en el colegio?
-“¡Ja,ja,ja…! Vas recordando.”
No sabes lo que me alegro. He logrado crear un vinculo entre nosotros que espero te mantenga conmigo hasta el final de este relato. Los vínculos son muy importantes. Tú mismo has creado vínculos con las personas de tu entorno. Y por muy insignificantes que parezcan, ahí están, como fuertes lazos que solo el tiempo y el olvido pueden romper.
De ti depende revisar esos lazos para que no se rompan.
Yo misma reviso día a día los miles de lazos que parten de mi espíritu, disgregándose en el horizonte. Unos van más lejos, otros más cerca, pero todos, absolutamente todos están fuertemente unidos a mí. Aunque debo reconocer que a lo largo de mi vida algunos han sido cortados. Bien por el tiempo o por las tijeras de las mujeres de negro. Prefiero no hablar de ellas, ya que sospecho que yo misma las he creado en algún momento de mi vida.
Pero, ahora te voy a contar un cuento. Permanece atento, ya que al final te haré una pregunta. ;)


Erase una vez una princesa que vivía en un castillo junto a su familia. Día tras día se hacía cargo de sus tareas y acudía formalmente a realizar sus estudios. Esa era una buena manera de labrarse un buen futuro en la corte.
Un buen día un joven príncipe llegó al castillo, encandilando a todos con sus trucos y hechizos. La primera en caer bajo sus encantos fue la princesa, que lo dejó todo y decidió marcharse con él a su supuesto reino encantado. Su familia no tomó muy bien aquella iniciativa por parte de su primogénita, pero la ilusión dibujada en su rostro hablaba por ella. Sus padres comprendieron aquella ilusión y la ayudaron en su viaje. Adoptaron al joven extranjero como si de un hijo se tratase, y les ayudaron en todo lo que pudieron para que la marcha no les fuera penosa.
Finalmente emprendieron camino. Juntos, de la mano como cualquier pareja de enamorados. El camino fue largo y lleno de contratiempos, algo que la princesa no esperaba, pero el fuego de su amor guió sus pies y mantuvo a los jóvenes unidos sorteando las piedras que el destino ponía en sus pasos. Juntos atravesaron montañas y valles. Subieron hasta las cumbres de los cielos y bajaron hasta las ciénagas del infierno.
En ese lugar sus manos fueron separándose.
La joven luchó por mantener aferrada la mano de su enamorado, pero la ventisca lo dificultaba todo, incluso poder ver más allá de su nariz.
Esa fue la primera vez que las vio. Una de aquellas ancianas apareció para cortar sus manos con las tijeras roñosas.
Aquello provocó dolor, ira y desesperación. El joven príncipe culpó a la princesa por haberlas invocado, y ahora pienso que no le faltaba razón. Aún así intentó asirla con sus muñones ensangrentados. Intentó una y mil veces empujarla hasta la cima, pero todo fue inútil.
  • Lo siento. Eres un lastre para mí.” – le dijo en un susurro mientras le veía alejarse en el silencio.
Allí quedó, sola y angustiada. Perdida en una tierra extraña y hostil azotada por el viento.
Y de aquellos vientos vinieron tempestades que la arrojaron de nuevo al abismo. Pero eh aquí que descubrió algo sorprendente que desconocía.
La princesa podía volar.
Remontó el vuelo con sus alas y salió de aquel atolladero. Aunque continuaba perdida ahora todo era diferente, ya que podía ver las cosas desde lo alto. Precisamente desde ahí vio venir al ladrón. Era un joven apuesto, gallardo y varonil. Un poco sinvergüenza, pero divertido. A él entregó sus siguientes pasos, que se convirtieron en aventuras sorprendentes al margen de las normas establecidas.
Junto a él aprendió a saltarse las reglas, a dibujar ella misma señales de tráfico, y aprovechar los hombros de la gente para trepar y ver el cielo. Acompañándole comprendió lo ciego que está el ser humano en lo que a soñar se refiere.
Finalmente el ladrón hizo lo que mejor sabía hacer. Le robó el corazón. Por fortuna dejó olvidado un trocito que la joven tenía guardado dentro de un cajón, y gracias a él pudo secarse las lágrimas y continuar.
Tras atravesar una gran ventisca llegó hasta la ciudad de Aghán. En ella pudo conocer a los hombres sin alma, perdidos en sus vidas grises sin sentido ni ilusión. Sólo una persona ejercía allí el poder, y esa era la reina. A ella se dirigió la princesa cuando tuvo constancia de su existencia.
La reina se negó a ayudarla, incluso la condenó a ser quemada viva. Según sus palabras, nadie si no ella debía llevar la iniciativa en Aghán.
Así y no de otra forma fue como la princesa perdió sus alas. Pero la ilusión no se quema, si no que se aviva como el fuego. Así, de esta forma pudo la princesa escapar de aquella trampa, tornarse gris como los habitantes de aquella ciudad y pasar desapercibida. Pasó años así, pero en ningún momento dejó la joven de buscar una salida.
En aquella condena autoimpuesta pudo la princesa conocer al anciano tejedor. También vivía escondido, pero a la vez a la vista de todos. Sus labrados tejidos eran famosos allende los mares, y no había nadie en el mundo que no hubiera oído hablar alguna vez de ellos. Gracias al anciano la princesa aprendió a tejer finos bordados que elevaron su espíritu, haciendo de ella algo parecido a lo que soy ahora.
Los lienzos bordados alegraron las calles de Aghán y mostraron a sus gentes un nuevo mundo de color. Aquello les ayudó a ser conscientes de la monotonía de sus vidas y les guió hasta la salida de la ciudad. Cierto es que algunos prefirieron quedarse allí, ya que sus hondas raíces incluso les resultaban placenteras. Pero la gran mayoría decidieron embalar sus pertenencias y marcharse en busca de un futuro mejor.
La vengativa reina esperó paciente a la princesa. Cuando ésta terminó de tejer, decidió marcharse, pero ahí encontró su final. Un cuchillo entró raudo en su corazón, emponzoñando a la joven, y transformando una parte de su ser en odio y rencor.
El rencor por lo arrebatado.
Aún así su último bordado fue lo que ayudó a la princesa a salir de allí. La alejó lo suficiente como para ponerla a salvo en mitad del océano.
Aquella barca en la mar dio bandazos, chocó con los escollos y amenazó con zozobrar, pero nunca lo hizo. Era consciente del valor que tenía lo que transportaba, y así fue como, a costa de su propia integridad, logró llevarla hasta las costas de su ciudad natal.
Sus padres, ya ancianos, hicieron una gran fiesta en su honor. Su primogénita había vuelto y aquello ya era motivo para meses de celebración.
Pero, aunque estuviera sana y salva de vuelta en casa, la princesa no era feliz. El veneno de la reina había dejado una profunda cicatriz que de vez en cuando transformaba a la joven en oscuridad. Y esa oscuridad reprochó a los ancianos por sus actos. Reprochó a los reyes que la hubieran dejado marchar; que la hubieran abandonado a su suerte en manos extrañas y a expensas de cientos de peligros.
La tristeza se apoderó entonces del corazón de los ancianos, marchitándolos hasta la muerte.
La princesa comprendió demasiado tarde lo que había hecho, y por ello sacó del cajón de su pecho su emponzoñado corazón lanzándolo lejos, muy lejos. De ésta manera logró desembarazarse del odio que no volvió a importunarla nunca más.
Aunque sin corazón poco se puede hacer. Allí quedó la princesa, inmóvil, tendida en la playa a expensas de la marea. Cuando el mar se la llevó solo una cosa quedó en su cabeza: Agradecimiento a todo aquello que la ayudó y la hizo volver sana y salva a su hogar. Al ladrón, que a pesar de todo le abrió puertas; al anciano que hizo lo propio en Aghán; incluso a la barca por llevarla hasta su casa. También recordó a todos los que la perjudicaron, pero no les guardó rencor. De una u otra forma tenían sus razones para comportarse así.
De pronto comenzó a ver de nuevo sus bordados. Se elevaban en la lejanía del cielo realizando complicados dibujos sobre su cabeza. Aquello agradó a la princesa. Fue entonces cuando notó como unos brazos la izaban sobre las olas. Manos invisibles transportaron su cuerpo hasta un puerto cercano y la encumbraron hasta la orilla.
Eran los antiguos habitantes de Aghán que le mostraron así su agradecimiento. La cubrieron de obsequios y agasajos. Incluso quisieron hacerla su reina, pero ella se negó. Temía que la oscuridad de su corazón volviera en algún momento de su vida. Y ya hubo bastante con una reina.


De esta forma la princesa se convirtió en una mujer sabia.
Y ahora, como te he advertido, tengo que hacerte una pregunta.
¿Sabes ya quién soy yo?
¿Una princesa? ¿Una hechicera? ¿Una heroína?
(ja,ja,ja…)
Lo has adivinado.
Soy solo una mujer.




Fin

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