¿Que quieres tomar?

Lo primero, me importa un bledo quien seas. A mis ciento setenta años he recorrido suficiente mundo como para ser ahora hombro en el que llorar las penas.
Lo que quiero es ver tu alma. Este bar se alimenta de ellas. Y no veas como zampa. Abre aquí la tuya y enseña lo que tienes tan adentro que no puedes mostrarlo por ahí.

Prometo no comerte hasta que termines.

domingo, 1 de junio de 2014

Rosa de papel



 Conocí a Susi Sullivan en el Jardín secreto, un antro de dudoso ambiente. Lo único que recuerdo es que era jueves; el sábado ya había muerto.

Pero yo no fui.

En aquella época dedicaba mi tiempo a la loable labor de malgastar mi dinero en putas, travestis y alcohol (Al igual que muchos políticos de hoy en día). Mi mujer me había abandonado hacía ya tres meses, llevándose con ella a mi pequeño retoño de treinta y cuatro años. Aunque aquello parecía haberles venido bien a los dos, ya que conocieron a un rico traficante de reses bravas que les llenó la casa de caprichos baratos y la mente de pajaritos. Los dos pasaron de mi como de comer heces y, aunque al principio lo pasé mal, al cabo de un tiempo me alegré de no tener por en medio a aquellos dos tarados sin oficio ni beneficio.
Mis ingresos provenían principalmente de lo que me pagaban en «Joselin Smith» una cadena de electrodomésticos local, cuyo absurdo lema era: «Hacemos imposible lo posible». También solía recaudar algo de dinero escribiendo artículos en el periódico local, eso sí, con pseudónimo. El director de «el correo de l´ampurdá» no quería que su estrella principal, Sebastián palomero, fuera eclipsada por un escritorzucho de pueblo. El caso es que vivía una vida gris, ausente de todo sentido ni rumbo.
Pero el peor de mis problemas era mi médico. El muy estúpido me afanaba día tras día en arrebatarme lo único que daba sentido a mi vida. Primero fue el tabaco (Oh, esas caladas de media mañana, cómo las echo en falta), después el alcohol (aunque aún sigo dándome alguna alegría de vez en cuando), y por último, y por si no fuera poco, el café, mi maravilloso aliado en días de bajones de estima.
Nunca me había considerado digno de nada. Mis escasos méritos iban íntimamente relacionados con mi penosa apariencia. Un ser escuálido, de tez lechosa, ojos tristes y bueno para nada. Desde siempre intenté abrirme nuevos caminos que me aseguraran, no el éxito, pero sí la supervivencia en algún ámbito profesional. Ya fuera plantando coles, como peón de la construcción, despachando pan o vendiendo zapatos. Pero nada de aquello funcionó. Sólo mis artículos supusieron encumbrar algo mi carrera. Aunque más bien la carrera de «Mister Lolo» mi nombre de negro, pero, en fin... por lo menos cobraba. Ahora para colmo la alopecia cabrona me atosigaba, obligándome a adquirir placebos absurdos contra el suicidio capilar.

Ya fuera por encontrarme deprimido, o simplemente porque era estúpido, decidí dedicar mi vida a ayudar a los más débiles. Cómo superman. Y cómo el más débil que conocía era yo, pues comencé a ayudarme a mí mismo. En poco tiempo me hice asiduo a burdeles, bares de mala muerte, iglesias y antros de todo tipo. En algunos salía mejor parado que en otros, e incluso llevo con orgullo algunos moratones y arañazos de otros asiduos como yo a los que, por alguna razón no caí en gracia. Aunque, cómo Dios ya dijo una vez: «Hay que saber perdonar», por eso ahora suelo salir a la calle con «el perdon», un viejo cuchillo de cazador, comprado en los chinos, que me ha salvado más de una vez de algún embrollo.

En fin, ésta historia no trata de mi vida, sino de cómo conocí a la única mujer verdadera. La chica de las lágrimas. La mujer de mi vida.

Como ya he dicho, se llamaba Susi, y era de armas tomar. Su media melena rubia ondeaba al viento cuando salía contoneándose por el escenario. Tenía unas curvas de escándalo que no disimulaban esos cortos y ajustados vestidos de monja de clausura. Su voz era estridente como mil cuchillos lanzados a tus ojos, pero suave a la vez, como los mismos cuchillos clavándose lentamente en mi corazón. Ni qué decir tiene que me enamoré de ella al mismo verla. Bueno, todos los allí presentes estaban enamorados de ella: Durán, el veterano de guerra; Chachito, el eunuco con sobrepeso; Federico García Lorca, el filósofo de rosáceos cabellos. Incluso Aquiles, el de los pinrreles ligeros, profería una especial predilección por ella.
El Jardín secreto era un bar de alterne (vamos, lo que es un puticlub de toda la vida). Lo que tenía de novedoso era que había sido construido encima de un cementerio indio, por lo que a la diversión de compartir lecho con una moza, también había que sumar algún que otro polterguéis sin importancia, pero eso le daba vidilla al local, llenándose hasta los topes los fines de semana.
Creo recordar que el primer día que pisé sus rojizas baldosas era martes. No recuerdo muy bien de qué mes, ya que llevaba una borrachera importante. El caso es que pedí una horchata con vermut (me encantaba) y me repantigué en las doradas butacas a contemplar el ambiente. En el escenario actuaba una tal Betty, portando una serpiente de mentira alrededor del cuello. Nunca supe quien era Betty, si la serpiente o la mujer. A sus pies algunos babosos lanzaban sus manos con intención de tocarla. Incluso había algunas reses pastando y gallinas ponedoras en las mesas. Era todo una cutrez.
Una morena bizca se acercó a mí, y sin mediar palabra me toco el paquete.

- «¿Nos conocemos?» - le pregunté.
- «¿Querrías conocerme?» - me contestó.
- «¿Cuánto?»
- «Mucho.» - exclamó cogiendo con total libertad uno de mis cigarrillos y poniéndoselo en los labios.

Rápidamente se lo saqué de la boca y examiné la boquilla manchada de carmín.

- «Yo soy el que paga, así que yo soy el pone las normas.» - le hice saber pecando de soberbio.
- «¡Que te den!» - exclamó, marchándose sin decirme lo que tenían que darme.

Allí me quedé, compuesto y sin puta. Pero eso me sirvió para tomar notas en mi libreta de campo y saber que el rol de chulito no daba buen resultado.

Ahí fue donde la vi por primera vez. Su dorada melena salió de entre las bambalinas y me dio una bofetada. Su cuerpo, embutido en un fino vestido rojo, resaltada aún más sus voluptuosas formas, y sus pies, que decir de sus pies... Lanzó varias patadas a los babosos de la primera fila, botó cien veces un balón y se puso un sobrero usando solo el dedito gordo de su pie derecho. Por supuesto quedé prendado de ella, y no le quité el ojo hasta que terminó la actuación.
Cuando se acercó a la barra pidió un whisky doble y lo lanzó lejos sobre sus hombros.

-"¿No bebes?» - le pregunté acercando mi silla a ella sin levantarme.
-"No. El dueño quiere que estemos sobrias por si viene la pasma.» - me contestó sin mirarme siquiera.
-"Es una lástima.» - le dije. - «Yo que iba a invitarte a algo.»
- «Puedes hacerlo.» - Contestó. - "Así me llevaré un tanto por cien de lo que consumas.»

Pedí dos Vacas preñadas al camarero, y éste nos las sirvió raudo.

Intenté no parecer un baboso y comportarme como un caballero con ella, aunque pude comprobar claramente como Susi tenía los escudos levantados ante mí.

- «¿Y si te dijera de acostarnos?» - le lancé un arpón laser.
- «¿Y si te dijera que me olvides?» - me contestó.
-"Nunca podría olvidar esos ojos color miel.» - le contesté profundamente hechizado ante sus encantos.
- «Son azules, imbécil.» - me contestó.
- «Perdona, solo pretendía ser romántico.»
- «Los románticos no existen. ¡Entiendes!» - me gritó con furia. - «Desde Atila el huno, que fue el último, ya dejaron de existir. Las corrientes indoeuropeas trajeron algunos, mutilados, inertes, sus cuerpos discurrieron por el Sena y fueron solo pasto de las alimañas. Algunos escaparon con sus versos y ahora sobreviven como perros, corriendo desnudos por la campiña belga, siendo el hazmerreir de la gente pudiente. Gente como tú. Me dais asco.

No supe qué decir ante tal retahíla de absurdeces, y lo único que salió de mi boca fue:

- «No quería molestarte. Lo siento.»

Tras mi disculpa comencé a trotar con mi taburete hasta la parte más lúgubre y húmeda del local. Sentí como Susi me observaba en silencio, y quizá en lo más profundo de su corazón, ahí, detrás de esos dos pechos perfectos, el rencor dio paso a algo nuevo que se apiadó de mí.

- «Espera.» - me dijo llenandome de ilusión. -"Quizá he sido un poco dura contigo. Llevo unos días un poco rara. Ya no soy la puta que era antes.»
- «Lo entiendo. No te disculpes. Sé que vuestro trabajo es cruel y cargado de decisiones.» - le dije tendiéndole una rosa de papel que había hecho con una servilleta.
- «No lo sabes tú bien, majo.» -exclamó sacando su vena aragonesa.

De pronto me dio un beso en la mejilla, algo fugaz y mágico que me inundó de ilusión por dentro.

- «Mañana actúo. Quiero que vengas.» - me ordenó, yo solo asentí sin mediar palabra.


Al día siguiente ya estaba allí cuando abrieron.

Sorteé a la mujer de la limpieza y procuré no pisarle lo fregado, y tras acomodarme en la barra pedí una ronda de Trolebuses. Tenía que estar a tono cuando saliera mi chica.

Tras varias horas (y una buena tanda de Trolebuses a mis espaldas) la impresionante Susi subió al escenario.

No supe si era por los efectos del alcohol, pero aquella noche vi un fulgor especial en su mirada. Vestía unos harapos transparentes con unas finas plumas de periquito que tapaban justo lo necesario, dejando poco a la imaginación. Enredada en su pelo estaba mi rosa de papel. Verla allí me llenó de alegría.
Un borracho aferró su fino pie y comenzó a lamerlo con ansia. En ese momento quise matarle, pero mi chica se defendía bien. Le soltó tan tremenda patada que la mandíbula inferior aún decora la parte superior de la barra, junto a la botella de pacharán.
Decidido a ser su guardaespaldas me abrí paso entre la turba hasta hacerme un hueco en primera fila. Desde ahí podía verle “Tolonegro” bajo la fina pluma periquitente, pero eso no me excitó lo más mínimo. Aquella chica era especial y no provocaba en mí lo mismo que las otras putas que había conocido. Era... ¿Cómo decirlo? ¡Una chica especial!
Susi cantó un cálido tema de jazz con su insinuante voz, y cuando terminó puso un pie sobre mi cabeza y me la chafó contra el escenario. Símbolo inequívoco de su predilección hacia mí (o eso quise yo pensar).
Cuando acabó fue sustituida por el cadáver de un monologuista que no hacía mucha gracia. Aunque no le presté ni la más mínima atención. Esa noche estaba decidido a pasar más tiempo con mi chica, fuera como fuese.
Entré a los camerinos donde las chicas se cambiaban, pero no la encontré allí. Un letrero en la pared me informó de la dirección hacia donde había ido, y hasta allí me dirigí. Tras atravesar la puerta mohosa de un almacén, me encontré de bruces en un callejón lleno de basura y suciedad. Allí se estaba desarrollando una escena típica de las antiguas películas de gánsters. Un hombre con un parche en el ojo tenía retenida a mi Susi entre sus brazos, mientras otro, de aspecto oriental, parecía amenazarla con una pequeña navaja que recorrió la fina piel de su mejilla.

Sin mediar palabra saqué mi cuchillo de su funda y un tenue resplandor azul invadió su hoja. Era el resplandor de la justicia.

El oriental se alarmó al verme allí armado, y dando un paso adelante blandió su navaja ante mí, que resplandeció con el rojizo color de la muerte.

Era la justicia contra la muerte. (¿?)

- «Suelta a mi chica.» - le grité mientras me lanzaba a toda prisa contra él.

No le bastó más que apartarse para que yo tropezara y me diera el mayor hostión de mi vida. Caí de boca contra el suelo y resbalé por los charcos hasta salir despedido por un terraplén hasta el aparcamiento subterráneo de un supermercado cercano. Ahí me quedé contusionado y lleno de sangre.

Sólo desperté al notar unos cálidos besos resbalar por mis labios. Casi sin fuerzas atenacé su cabeza e introduje mi lengua en su boca. Pero la ausencia de dientes me hizo desconfiar. Pronto me di cuenta de que aquella mujer era en realidad una vieja payesa que transportaba heno en un carro tirado por bueyes.

Quise buscar a Susi, saber de ella, pero no encontré ni rastro por las inmediaciones. Alarmado ante la posibilidad de que se encontrara en peligro pregunté al dueño del Jardín, pero éste no me sirvió de mucha ayuda, ya que desconocía su domicilio, su teléfono y su distrito postal. Ni tan siquiera sabía su verdadero nombre (el de la chica, no el suyo. Él se llamaba Ramón.)

No supe qué hacer esa noche. Tuve intención de ir con el chisme a la pasma. Pero posiblemente ellos no harían nada con un chisme. Sólo detenerme por ser tan guapo y apuesto. Desesperado hice lo que todo el mundo en mi situación haría. Entrar al Jardín a emborracharme.

Al día siguiente fui despedido de «Joselin Smith». El dueño argumentó contra mí falacias tales como que me había dormido sobre unos clientes; había dejado el suelo de la tienda infecto de vómitos; e incluso había mentido soberanamente al decir que había intentado meterle mano a la cajera argumentado que era «mi amor, mi Susi...» . Vamos, todo mentira.

Con el dinero del despido me compré una cizalla y una máquina de taladrar. Sabía que algún día me harían falta.

Esa misma noche me apresuré a estar en el Jardín a la hora en la que entraban las señoras putas a trabajar. Una de ellas (la bizca), me informó bien a cambio de cigarros. Según me dijo, Susi estaba de mierda hasta el cuello. A veces se duchaba y se le pasaba, pero no tardaba en volver a estar de mierda hasta el cuello. Me contó que estaba metida en un negocio de contrabando de sandias, y que, por negligencia o por vicio, se había comido una. Eso bien sabe Dios que no lo perdonaban los señores traficantes, y por ellos ahora la acosaban.

Maldije mi estampa y la de la bizca por ser tan estúpido. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Susi tenía toda la pinta de ser sandi-traficante, pero yo no había querido verlo. Ahora sin embargo todo estaba claro. Sus idas y venidas a horas intempestivas. Su extraño perfume a melón. Las manchas rojizas de sus vestidos escotados...

Esperé. Pasaron horas y esperé. Pero Susi no apareció esa noche.

Al día siguiente repetí religiosamente mi actuación de los últimos días. Esperé en el oscuro callejón; Me tomé mi ración nocturna de Trolebuses y vacas preñadas; y cerré bares en las cercanías. Pero todo fue en vano. No encontré a Susi, y en mi desesperación comencé a caminar cabizbajo. Eso hizo que me encontrara un euro.
- «Suerte mezquina en mi tristeza.» - Grité iracundo al viento.

Solo cuando ya estaba a tres calles de mi casa la encontré. Susi bajó sombría de un taxi. Había dejado de lado sus prendas escotadas y ahora vestía con un largo abrigo y una enorme pamela, una indumentaria muy poco habitual en ella. Acercándose a mí me dio un beso y me dijo entre lágrimas:

- «He venido a despedirme de ti. Sé que lo sabes todo. Sé que he sido una niña mala contigo, y espero que me perdones. Pero no lo harás. No lo harás porque sabes que las niñas malas no son de confianza y te volveré a engañar. Quizá no hoy, ni mañana. Pero sí pasado mañana.

Yo asentí sin comprender ni «mu». Mis ojos estaban fijos en su voluptuoso escote que hacía botar sus pechitos mientras hablaba.

- «Ahora solo quiero que me ames, John (¿John? ¿Qué John? Yo no me llamo John.). Hazme el amor. Ámame ya que tú eres ya lo único que me queda. Déjame llevarme ese recuerdo ya que no hay otra cosa en esta ciudad que me retenga».

La aferré fuertemente de los brazos y la atraje hacia mi pecho. Noté su calor corporal (unos 36 grados mas o menos),y allí mismo la amé. En mitad de la calle contra el taxi. Bombeé como un capataz con el campo lleno de ortigas.  Le hice el amor como nunca se lo había hecho a nadie. ¡Ni a mí mismo! Cuando la vi marcharse cojeando, mi alma se cayó al suelo y fue engullida por la bajada de una alcantarilla.

Nunca, ni en mis sueños más íntimos volví a encontrar un amor tan salvaje y cruel como el que me ofreció aquella mujer. Dos días después, ojeando la prensa, pude leer un artículo sobre ella. La habían encontrado muerta en los aseos de un avión hacia Venezuela. Sobre su cadáver solo hallaron cascaras de sandía y la rosita de papel sobre su pecho.

Descanse en paz señorita Susi Sullivan.

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